Acaba de despertar, y en su
cara apenas roza el viento controlado, acondicionado de su cuarto, sale de sus
cuatro mismas paredes hacia otras cuatro: el cuarto de baño, siente la leve
luminosidad que se cuela por entre los vidrios reflectantes de los rayos
solares; mecánicamente deja desplomar el agua por su cuerpo y, casi sin deliberar,
se limpia por todo su territorio corpóreo para sin saberlo, ensuciarse después con
la pandemia socialmente aceptada; de igual modo, o sin siquiera tener en cuenta
la suciedad mental, continúa su trayecto habitual por medio de su lugar de
residencia, para llegar de nuevo y una vez más a su aposento, el cual ha sido
testigo y cómplice de su praxis panteísta, de sus trascendentes momentos con
Eros y, una mujer, con Tánatos y un nuevo resurgir, con él mismo y…
Luego se dirige hacia su acromático
e insípido trabajo, decide -cuestiones anómalas en estos tiempos- el tiempo de
sobra para llegar a su laburo, irse a pie, caminar, puesto que el sitio de
trabajo no es tan lejano como muchas veces lo da a conocer el autobús. Empieza
a caminar y a crear un mapa mental para un recorrido más expedito, y a su vez,
agradable así la ciudad sea un monstruo que se alimenta de los colores que
puedan brotar de cualquier movimiento lento, pensado o sin destino. Es así como
en su recorrido, siente un insólito deseo de observar lo que antes sólo veía en
imágenes a cientos de cuadros por segundo, es decir, lo poco que le dejaba
entrever la ventanilla cual cámara cinematográfica.
Comenzó a visibilizar los
movimientos de una ciudad sin alma, con la vertiginosidad como su naturaleza,
mientras ello sucedía, su paso se concordaba con su pensamiento: era más lento
y meditado; pero muy pronto una coral de voces lo atropelló, lo ultrajó, para
poder seguir la ceremonia común de un día cualquiera en una ciudad cualquiera.
Pareciese como si sus ojos se hubiesen transformado, como si su iris se tornara
de otro color para ver las cosas con nuevos matices. Por primera vez (o una vez
más, ya ni lo recordaba) reconocía que al caminar, existen ritmos, fases, y que
para cada momento y lugar pueden coexistir distintas maneras de desenvolverse;
no todo era el afán, el cumplimiento sin excusa, el religioso y formal saludo,
en fin: la hipocresía. De inmediato, éste maremoto de ideas le hizo cavilar que
no sólo con la vista se podría ver el mundo desde otra posición, desde otro
mundo, sino también con los otros sentidos se podría llegar a un éxtasis de lo
nuevo en el vejestorio mundo citadino, y así, con una euforia cual si volviera
a nacer, pudo entender su vida, y creyó en poder rehacer su estilo de vivenciar
y fue así como decidió dejar y querer cambiar todo y… ahora se encontraba
entrando a la empresa donde trabaja, saludando a un portero con cara de nada,
moviendo sus dos piernas mecánicamente para que su día profesional lo abordara,
como siempre ha sido desde hace varios años, ya ni recuerda cuántos.
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